martes, 5 de enero de 2010

La Locura de Quijote

"El caballero de la triste figura", Don Alonso Quijana sufría de la más hermosa de las locuras la cual, por primera vez, empiezo a comprender.

Se trata de una locura que le llevó a mutar su nombre por el de Don Quijote de la Mancha. Su ávida mente deseosa de fantasía, aventuras, peligros que la simple vida de hidalgo le habían negado le llevó a ver gigantes donde otrora hubiesen molinos, ejércitos donde solo había ovejas y hasta castillos en donde los demás veían solo ventas.

Casi un año de aventuras lo llevaron desde las profundidades de la tierra en la cueva de Montesinos hasta la más hermosa de las playas en donde una misteriosa figura, el "Caballero de la blanca luna", pusiese fin a su travesía.

Hace unos días el destino me permitió conocer su locura. llevando en mi regazo el hermoso libro de Cervantes, acudí en búsqueda de una princesa en apuros, tan real y hermosa como la propia Dulcinea.



El camión que me llevó por los quebrados caminos a través de las montañas se convirtió en la aventura misma, frente a mis ojos me ví guiado por el destino hasta las montañas de fuego que replandecían con su rojizo y ardiente matiz.

Un Ada plateada me dió ánimos hasta que una malvada hechicera que pasó junto a mí, dejando a su paso un rastro de almas atrapadas en el inframundo, la hechizó y mutó en una criatura de amarillento brillar que desapareció para siempre.

Las sombras se adueñaron del mundo y en la oscuridad me encontré en medio de una legión de arañas, tan grandes como perros, de verdes ojos brillantes, como los números de asiento del autobus y cerca, inmóvil, la reina de las arañas, con cada pata tan grande como una montaña. Pasé en silencio esperando no despertar a la reina.

Tras miles de peripecias que dejaron agotado no solo mi cuerpo, sino también mi alma, me encontré a unos pasos de llegar a mi princesa pero el destino me jugó una trampa. A unos pasos y sin salida fue un desconocido y buen amigo quien me ayudó a superar la última prueba y por fin, a mitad de las tinieblas, la encontré a ella sentada en un retablo, encorvada por el dolor que hice desaparecer con un suave beso de amor.

Ella me miró y dijo simplemente: "No tenías porque haber venido". pero eso eso es lo que hacen los caballeros, rescatar a las princesas y desbaratar agravios.

Triunfante volví a casa. Las tinieblas habían desaparecido y las montañas que resplandecían en fuego al atardecer ahora eran verdes y hermosas. Pero el destino me guardaba una prueba más.

En esta última prueba no había peligros de muerte ni obstáculos infranqueables, solo una lección por aprender: "Cuando la batalla termina, cuando la princesa está a salvo, el caballero vuelve a casa. Entonces el caballero no es más un caballero, solo otro hombre tratando de sobrevivir un día más".

Y así, en lo que para otros fue solo un camino de ida y vuelta de 12 horas en autobús, para mí fue la más grande y quijotezca aventura.

Un viaje a pie y alas que nada tiene que ver con uno en rueda....Soy una Rueda!!! Puedo Rodar!!!!


Soy el Hombre de la Montaña Plateada!!!

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