Un pecho desgarrado, un alma maltrecha y unos sueños hechos pedazos es lo que queda tras la tormenta de la desilución.
¿Que pecado cometen los locos que sueñan con el pasado que no volverá?
Puedo ahora imaginar el dolor de Don Quijote, quien soñaba con aquel mundo en el que la espada era la herramienta de la justicia, el la que vengar agravios y deshacer entuertos era una profesión noble y no una simple locura de un viejo...
¿Puede alguien más imaginar el dolor que sintió Don Quijote al darse cuenta de que nadie, además de él, tenía el mismo sueño?
Yo siempre soñé con ese amor medieval, ese que te llevaba a morir por el dulce beso de una dama.
Aquel amor que te lleva a combatir dragones, matar gigantes, vencer legiones enteras solo para ganar una dulce mirada de la mujer a la que amas.
Aquel amor que te lleva a batirte en duelo hasta la muerte en contra de quien blasfemara al honor de tu dama.
Un amor simple, un amor pleno, que llena tu pecho y tu mente por completo.
Por tres años pensé que habría encontrado a alguien capaz de entenderlo, capaz de amar de la misma manera que yo y, más aun, creí que de esa manera me amaba.
Pero como le sucediera a Don Quijote, la realidad se sobrepone a los sueños, y me muestro como el único ser capaz de amar así a otra persona.
Duele saber que viví tres años de engaños.
Duele saber que no se puede volver atrás.
Duele saber que quienes dicen que el amor no existe, pueden tener la razón.
Duele, y Duele Mucho.
Esta vez no escribe el hombre de la montaña plateada, totalmente ajeno a los mundanos problemas fuera de la red. Esta vez escribe un simple hombre, con el corazón destrozado y los ojos llenos de lágrimas.
sábado, 23 de enero de 2010
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